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sábado, 19 de abril de 2014

Paraguas.

Caminaba por las calles de Francia, viendo la lluvia caer suavemente sobre el asfalto. Disfrutó de la corriente de aire, que por más que era fría, la hacía sentir libre, llevándose consigo cualquier preocupación o sentimiento no deseado. Sonrió y cerró los ojos, disfrutando esos segundos en lo que se detuvo, para luego seguir su camino tranquilamente, sin quitar la sonrisa de su rostro. Observó a su al rededor, dándose cuenta que nadie llevaba paraguas además de ella, y el que lo hacía llevaba era de color negro, que hacía que sus caras se vieran aún más deprimidas al ser comparadas con aquel color.
Se miró a si misma en el reflejo de una vidriera con ropa de mujer que realmente no le gustaba.
Eméraude Petit no era la típica chica francesa. Sabía, por las películas y por haberlo escuchado de la boca de miles de personas, que cuando uno piensa en muchachas francesas piensan en exactamente lo contrario a ella. Esbeltas, altas, con cabello largo y negro azabache o rubio de punta a raíz. Sabía que la elegancia era pensada al decir Francia. Y ella no era para nada elegante. Llevaba botas para la lluvia, embarradas por los charcos en los que había saltado, como si fuera una niña. Una falda de jean por las rodillas, y por el frío, unas calsas que ella misma había teñido de muchos colores. Una polera con el estampado de un cuadro de Picasso, cuando practicaba el Cubismo, sobre ella, un abrigo color amarillo patito hasta las rodillas, 
y no faltaba el paraguas, naranja con pintitas rojas y amarillas que daba terminado con el conjunto. Su cabello castaño enrulado y despeinado apenas rozaba sus hombros, e iba balanceándose libre, gracias al viento. Ella era pequeña, no llegaba al metro sesenta. Podría confundirlo con débil, pero ella sabía que no. Sonrió ante su imagen. Le gustaba ser así.
Francia también era llamado “el país del amor” , pero ella sabía que de amor eso no tenía nada. Observó a la gente caminar rápidamente, molesta, sin poder detenerse a disfrutar lo hermosa que era la lluvia. Lo hermoso que caía el agua, rápido, pero si lo miras detenidamente con lentitud. Cada gota era única, cada rugido del viento igual. No se detenían a observar las luces de la torre Eiffel, en su amado París. Parecía que no podían detenerse, disfrutar. Siempre que alguien le preguntaba por qué actuaba tan despreocupada ella sólo respondía que no era despreocupada, qué sabía disfrutar el momento sin perder la responsabilidad de lo que tenía que hacer. Y eso es lo que más detestaba de aquella ciudad, por más que la amara con todo su corazón: no entendían que el tiempo pasaría igual de rápido. Vayan rápido, vayan lento. Disfruten o no.
Por momentos ella se sentía sola. Sola porque pensaba que no encontraría a alguien que entendiera su “locura”, como lo llamaba la gente a sus espaldas. Y ella sabía que lo hacían. Pero no diría nada, al fin y al cabo, ella sí estaba loca. Pero las mejores personas lo están.
Y de repente, de la nada, sucedió algo que sacó a Eméraude de sus pensamientos (además de que la gente la observaba y susurraba cosas como “Maldita seas, ¿no ves que tengo prisa? ¡Mueve tu maldito trasero!”), su paraguas voló. Con las mismas ansias que ella tenía de ser libre. Sonrió, y se dijo que si él sería libre, lo serían los dos. Sí, sabía que era un paraguas, pero ella siempre vería el lado divertido de las cosas. Podría volar con él si se lo permitía. Comenzó a correr, con una sonrisa en su rostro. Esquivó a toda persona que estuviera en su camino, sin quitar la mirada de su colorido paraguas. Recibió palabrotas de alguna que otra persona que sin querer haya empujado, y rió. Rió de lo hermoso que era vivir y ser feliz. A su forma.
Corrió y corrió, sin dejar de sonreír y soltar carcajadas como cuando era niña e iba con su padre al parque y montaba su barrilete, y lo miraba atontada, como si fuera lo más hermoso que había visto en su vida. Disfrutaba del viento golpeando en su cara violentamente, llevándose consigo toda molestia anterior al pensar lo estúpida que podía ser la gente. Entonces sintió que su paraguas se lo había permitido. Ella volaba junto a el, de la misma forma. El viento la empujaba, y ella se dejaba llevar. Dejaba sentir que podía tocar el cielo con las manos, sin siquiera despegar los pies del suelo.
Entonces otro paraguas, colorido como el suyo, apareció. Chocando con el suyo, rompiéndose por completo ante la fuerza del viento y el impacto. Corrió hasta allí, con la mirada puesta en el piso, en los dos paraguas que hace unos segundos tenían vida, o al menos así era para ella. Eméraude era una completa niña. Su aspecto, y sus sentimientos. Las lágrimas corrieron por sus mejillas cuando estaba a pocos metros de los paraguas. Aquel pequeño la había acompañado desde siempre todas las tardes de lluvia, y debía admitir que siempre pasaba lo mismo: se escapaba de sus manos. La sensación de siempre: de que él le permitiría volar juntos. Y cuando llegó allí, chocó con alguien más. Un muchacho, que vestía nada parecido a ella, pero definitivamente distinto a el resto de París, la observaba fijamente. Ella limpió sus lágrimas rápidamente y tomó su paraguas.

—¿Cómo te llamas? —dijo él, tomándola por sorpresa. —Eméraude, Eméraude Petit —sonrió y estiró la mano fingiendo elegancia. —Yo soy Theodore, Theodore Fournier —se carcajeó, y tomó su mano, con la misma elegancia fingida. —Es un gusto, Señor Fournier. Voy con prisa, debo retirarme. Espero verlo pronto —rió a su vez. —Lo mismo digo, señorita Petit —tomó su mano y la besó riendo.
Entonces ambos rieron a la vez, y siguieron con su camino, con sus paraguas rotos, cada uno para distinto lado. Pero sin dejar de sonreír.
Sus paraguas ya no eran necesarios.